domingo, 22 de abril de 2018

Una lata de fabada

#Unalatadefabada

Ayer iba de recados cuando me crucé con un señor mayor que pedía en la calle y pensé de todo: que si era de una mafia que lo habían dejado allí para sacarle dinero a la gente, que si yo no tenía dinero suelto, que mejor la caña de pescar que el pescado, que debería buscar asistencia social…en fin me justifiqué de muchas formas para no soltar ni prenda; creo que ni siquiera le miré a los ojos. Al doblar la esquina vi una cafetería que acababa de abrir y con la excusa del frío entré a tomar un café. Sentada en la barra fui testigo de lo siguiente: una mujer con bolsas de la compra, de mi quinta y mis posibles, pidió al camarero si le podía calentar una fabada, que en ese momento vaciaba en un recipiente (de desconocida procedencia, como en un comic de Fernando Llor; alguien parecía haberlo pintado para la ocasión…), para darle algo caliente a un señor que estaba sentado en la calle, a escasos metros. El dueño del bar no rechazó el pedido, no era su primera vez. Interpelé a la mujer para cerciorarme de que, sin solucionar el problema del hambre en el mundo de una tacada, alguien había empezado a borrar el egoísmo. Hay que ver cómo una lata de fabada puede tener un doble cometido: le puede quitar el hambre a un señor y a mí, algunas ideas. Algo así como que el señor comió y que yo dejé de comer omisiones.
Está claro que a veces no es el “cuánto” sino el “algo”.©

Bryan Mamfredo

Bryan Mamfredo

La gestión del dar distingue a las personas. Los hay que reparten sin pensar el cuánto y lo hacen a diestra y siniestra, porque el dar en sí mismo es un placer para ellos. En el otro extremo están los que no dan nada sin compromiso de recibo, dan para que les devuelvan algo o, lo que es lo mismo, intercambian. Luego, no dan. Los hay con una singular costumbre: con intención matemática o de siembra, que dan porque creen que en algún momento algo de lo que ofrecen les rebotará, y les llegará a ellos. Son los dadores a granel con esperanza de retorno. En esta última clasificación entra Bryan Mamfredo, de profesión repartidor de agua embotellada a domicilio. Bryan siempre echaba una mano que iba más allá de la entrega del preciado líquido con gas: bajaba la basura de sus clientes, daba cháchara a la anciana que le abría la puerta, utilizaba sus propinas para cuadrar las cuentas de quien no tenía ni para el agua, y siempre daba los buenos días con el cariño de un surtidor de agua que se cuela por todos los orificios. Bryan se había instalado en el dar por puro placer, aunque guardaba un secreto, la creencia de que algún día recibiría todo aquello con creces.
Cuando Bryan murió, nadie volvió a comprar agua embotellada a domicilio. En realidad llevaban lustros pagando a Bryan por botellas vacías. ©

Bryan creía vender agua que no estaba. Bryan esperaba recibir y ya lo hacía. Bryan daba y daba tanto, que hasta botellas vacías le pagaban.
(imagen obtenida en milanuncios.com)


sábado, 21 de abril de 2018

Alberta Soplillo

Alberta Soplillo, funcionaria perfecta, perdió su agenda de contactos y tuvo que rehacer su vida, porque sola no quería vivir. Empezó en la maternidad en la que nació, la parroquia en donde se bautizó, los colegios, los parques, las paradas de autobús, el teatro, el Ministerio, las calles y sus paseos, las tiendas...y así pasó los últimos diez años, recuperando recuerdos, hasta que acabó en un tanatorio porque era el lugar que más había visitado en los últimos tiempos.

Llegó a aquel lugar de despedidas y se sentó, satisfecha con su agenda repleta de gente (como si fuera un certificado de nula soledad), en un sofá de esos que acogen a las visitas para que no se vayan nunca. Allí repasó toda su investigación, y se sintió acompañada por toda aquella gente que figuraba en su agenda. Se acomodó tan bien en su asiento, que lo convirtió en su casa por mucho tiempo. Alberta soñó con encontrarse con toda la gente propietaria de los nombres que había conseguido recopilar y se quedó tan dormida que la dieron por clienta del tanatorio y, por simpatía, la metieron en un cubículo de los que tenían disponibles. Cuando Alberta despertó descansada, se quedó atónita al descubrir que la habían dado por muerta; aunque más perpleja la dejó la cantidad de gente que había ido a despedirla (abriendo un solo ojo), y que ella no había recogido en su catastro de conocidos.
Al verla en pie, los allí presentes, creyeron haberse equivocado de difunto y se fueron. Alberta no pudo actualizar su catastro con todas sus visitas.

Alberta creyó que su agenda era un certificado de popularidad y que su soledad siempre estaría habitada con toda aquella gente que ella había conseguido juntar en una lista.
Alberta murió abrazada a su agenda.©


Pan de huesos de aceituna

Melquiades Torrija , harto del pan de siempre y en un alarde de innovación, se presentó a un concurso de panadería creativa con su obra: pan de huesos de aceituna. Cada una de las piezas debía ser degustada por los cien miembros del jurado. Melquiades los dejó a todos con algún diente roto. Le echaron del acto pero antes de salir alguien le agarró del brazo, era Mariano Colibrí el dentista del pueblo que además de enamorarse perdidamente vio en él un océano de posibilidades.

Hay alianzas que nos dan y nos quitan ©




Celedonio Níspero

Celedonio Níspero despertó con la necesidad de hacer de su día, un día especial. Lo empezó descendiendo de su cama de dosel por los pies, desayunando ensaladilla rusa y duchándose vestido. En vez de la barba, se afeitó las axilas y en vez de camisa se puso un peto tirolés y unas sandalias cangrejeras. De esta guisa se presentó al mundo que no pareció percibir su presencia. Se paseó por la calle principal de su pequeña ciudad sin llamar la atención y es que había varias personas que también habían recurrido al esperpento esa mañana. La situación le decepcionó un poco así que la descartó y se procuró otra: se presentaría en la playa como salvavidas voluntario por si algún salvamento le otorgaba la fama soñada. Tampoco le sirvió; el mar se había convertido en un plato desde hacía décadas y no se ahogaban ni los de tierra adentro. Él quería que su día fuera especial y como el atuendo no parecía ayudar, recurrió a la acción y se paseó en monociclo en calzoncillos; pero solo provocó lástima. Trabajó como limpiabotas por si su simpatía le dispensaba el reconocimiento de sus clientes, pero estos solo bajaban la vista para ver sus zapatos y no la sonrisa ni la plática de Celedonio. Cansado de tanta intentona, se recostó en un banco de piedra, de esos con volutas a modo de reposabrazos. Su sueño era ser rey por un día, salir en el periódico y que la gente mencionara su nombre “Celedonio Níspero” y pensó en cantar. Sí, eso haría, cogería su acordeón y cantaría en el parque. Pero nadie, ni los viandantes del parque, se acercó
a escucharle. Cambió de táctica, se vistió con un cuello cervantino y declamó unos versos de su cosecha que había coleccionado toda su vida, sobre un cajón de tomates de bola. Aquello pareció interesar a unos pocos  y luego a más vecinos, llegó la prensa y la televisión. Pero, ¿qué había recitado Celedonio para captar por fin la atención de sus conciudadanos? Simplemente les había narrado historias, compuestas en los momentos de felicidad máxima que lo habían sido para él y para la gente de su isla. Se convirtió en el pregonero de las buenas noticias y del orgullo de su tierra. Aquello sí que le convirtió en un ser especial. La colección de buenas noticias que atesoraba en una caja de madera de tea de su abuelo, le dio trabajo y notoriedad para el resto de su vida.©

Diógenes bolsero


Junípero Alhelí era un adorador de señoras, de señoras de bien. Era el mejor amigo de todas las damas con vida de regalía que frecuentaban el mejor Café de la capital. Junípero encontraba la plenitud a las cinco de la tarde cuando, rodeado de naftalina, perfumes de París y mucha perla, escuchaba las cuitas de sus musas. Él se preparaba para el encuentro releyendo toda la prensa y visitando pasarelas, grandes almacenes, subastas, mítines políticos…cualquier evento susceptible de conversación por parte de sus amigas que, aunque banales, eran capaces de mantener varias pláticas a la vez sin perder el hilo. En esas ocasiones de intercambio verbal múltiple, Junípero se convertía en crupier e intervenía para cruzar las historias y hacer participar a las que iban enmudeciendo. Era un vendedor de ilusiones a la tercera edad asentada en el privilegio.
Junípero se convertía en imprescindible cuando alguna partía y había que cumplir con las amigas de toda la vida de la finada. Ninguna de ellas quería pensar en el innegable tránsito y cuando la parca hacía su aparición por el Café, se quedaban a la deriva, esperando que Junípero las encaminara de nuevo.
Él siempre hacía lo mismo: las congregaba, hacía un panegírico tragicómico de la ausente y al final, las invitaba al último cóctel de la temporada y las acercaba a su casa en calesa.
Cuando le tocó el turno a Demetria, Junípero no sabía cómo afrontar el reto que él mismo se había impuesto con sus amigas. Demetria, Desiree para todas ellas (solo él conocía su verdadero nombre) era una mujer compleja. Padecía de “Diógenes bolsero” y había que vigilarla porque para todo había hueco en su Hermes. Compraba lo que le venía en gana y las ganas le ensanchaban el bolso, porque ella solo llevaba uno, jamás una bolsa de plástico. Lo hacía porque su vida era el cambalache a cambio de la satisfacción del capricho continuo. Así cuando fue ingresada en el hospital, nada menos que en la UCI, pidió a Junípero que trajera a diario a sus enfermeras bollos por la mañana y sándwiches por la tarde y también un fleje de billetes, que ella misma depositaría en los bolsillos de sus “sirvientas sanitarias”, para ir pagando los favores. Incluso hacía que le sirvieran la comida en su propia vajilla de Villeroy Boch.
A Demetria no le arredraba el tamaño de su apetencia ni la justa proporción del soborno necesario.
Junípero fue el único ajeno al surtidor de untos de postín de la nonagenaria. Él simplemente la adoraba por sus modales, su elegancia, porque era una dama de manos blancas como la empuñadura de marfil de su bastón. Demetria era divina a sus ojos y nunca aceptó sus regalos.
Aun así no sabía cómo elogiarla, como vender sus virtudes a sus contertulias que, lógicamente, esperaban algo grande, digno de su modo de vida.
Afortunadamente para Junípero, Desiree no decepcionó porque ella misma había escrito su despedida.
Queridas todas y queridísimo Junípero, he querido dejar esta misiva con el camarero porque siento que me quedan pocas tardes de placer en este lugar delicioso en donde hemos compartido tanto. Quería agradeceros vuestra amistad y deciros que no os preocupéis porque antes de dejar esta carta, he visitado la Funeraria y ya he encargado mis exequias y, como es mi costumbre, he pagado un extra al maquillador además de dejarles mis ungüentos, (no fuera a ponerme cualquier porquería barata) y le he pedido que introduzca un paquetito en mi ataúd. ¿No os imagináis de qué se trata? Pues un llavero de Gucci para San Pedro. Que hay que llevar estilo a la otra vida, si no ¿cómo íbamos a estar a gusto? Allí os espero. Desiree.
El día de autos Junípero no lo pudo evitar y, simulando un beso en la frente de Demetria, palpó el fúnebre recinto y verificó el celestial soborno.©
Foto histórica de Embassy publicada en "La Gaceta" y de Enrique Nieto Molina (periodista, poeta, escritor y autor español de principios del SXX) , por su gran parecido con Junípero Alhelí.

sábado, 7 de abril de 2018

Las vicisitudes de Alfreda



Pues me han dicho que ahora soy mayor y yo sin darme cuenta; y es que me gustan las mismas cosas: reír con mis amigas y amar sin cortapisa. Cierto es que bebo menos, por la acidez, y hace años que no ceno más que verduras, por el insomnio; pero soy la misma, aunque más gorda, con arrugas y andares lentos. Sí soy yo, la de siempre, porque sigo enfrascada en el mañana y el ayer me da alas, como cuando era niña y quería ser actriz y viajar por todas partes. El pasado me ha regalado el asiento de la templanza y el mirador a mis sinrazones. No llevo arrepentimientos en los bolsillos de mi bata, solo algún lápiz para apuntar recuerdos que me hacen gracia. Los apunto en la libreta que me han atado a la silla de ruedas que llamo de calabaza. No me gusta esta atalaya que me transporta pero parece que si no, llego tarde a todas partes. Lo malo es que así no voy, me llevan.

Eso debe ser envejecer, dejar de ir, ser llevada.

No quiero eso, pero mis piernas mandan. Aquí tengo unas amigas que se quejan de casi todo, yo de nada, todo me gusta y si no, me lo callo. Hay un enfermero guapo que me traslada en el tiempo; me gusta mucho cuando llega y me coge de las manos «porque hay que andar», me dice, «si no se te anquilosa el alma, se sube un no se qué por los pies que te deja sin mirada».
¡Ay el alma! Esa no se ha envejecido, lo único que le pasa es que le encanta estar en la cama. Menos mal que yo sigo gobernando y la obligo a levantarse, a ponerme zapatillas y a mirar fotografías de las que dicen retratan mi vida.

Estoy empezando a olvidar y eso sí que huele a final. Mi alma comienza a mirarme de lado, como si se fuera a otra parte. Esto debe ser morir, sentir que el interior se esfuma.
Lástima mis omisiones, mis ausencias y errores. Menos mal que amé, si no ya estaría en otra parte. Y lo hice con tanta pasión y fuerza, que mi alma duda si irse o volver a algún abrazo de aquellos que el rumbo me atolondraron.
Quedémonos un rato más, le digo lisonjera, pero ella señala el calendario y me dice que ya es la hora. Los momentos, en días se han convertido, solo me queda esta tarde, no llego ni a la cena, ¡que pena ponían alcachofas y no acelgas!; mi alma insiste me coge por los hombros. Es la hora, ahora sí, lo que sea, aguarda.
….No se si aún es temprano, quizás deba encarar a mi alma, supongo que aún la manejo.
«Me quedo, alma mía. Voy a llamar a mis amigas para jugar a las cartas, voy a acercarme a la sombra del árbol y a esperar a que se le caigan las hojas, y luego esperaré a que salgan…Igual hasta vuelvo a besar labios en lugar de al viento…»
Mi alma, tranquila, se ha sentado en la mecedora, tapada con una manta. Mi dice que no me va a presionar que a ella también le gustan las tardes de merienda repletas de confidencias, e incluso los besos y las hojas cayendo.

Lo dicho, me quedo, ¿alguien me regala un beso? ©