Petra Papaya estaba harta de caer y levantarse así que un
día se dejó “caída” y comprobó que en el suelo no se estaba tan mal. Se podía
jugar a las chapas y a las canicas y, además, se veían las cosas de otro modo.
Tanto fue así que fundó la “Cátedra de la perspectiva bajuna” y se dedicó a
explicar y desdramatizar desgracias ajenas desde su “Observatorio de la
desdicha cotidiana”. Su doctrina obtuvo seguidores y alguien llegó a escribir un manual que Petra no leyó nunca. No se hizo rica, pero conoció a mucha gente y vivió hasta los 117 años recitando su máxima de " si te importa, exporta y así te quitas un peso de encima".
miércoles, 4 de octubre de 2017
viernes, 22 de septiembre de 2017
Todo y nada a mano
En cien años una de las manos humanas se habrá convertido en
teléfono móvil; se perderán la mitad de las caricias y los abrazos ya no serán
lo mismo. No se podrá aplaudir ni remar, no podremos nadar, la mitad de los
guantes de la tierra no servirán para nada, desaparecerán los músicos y su
música, no se jugará al “corro de la
patata” ni se bailarán sardanas (lo digo por lo que está pasando), la artesanía
manual se extinguirá, no se podrán hacer croquetas con una cuchara, los jardineros irán despacito, los ambidiestros dejarán
de serlo y los pintores no podrán sostener su paleta. El otro gran perjudicado, aparte de la humanidad, será
Apple (que se habrá comido a la competencia y será la marca blanca mundial) que
solo podrá vender fundas…
Tendremos todo y nada a mano.©
lunes, 18 de septiembre de 2017
Hoy dudo, como ayer
En algún momento de mi vida me he sentido agarrada al ala de un avión que hace lo suyo y va volando. Mis manos aferradas e
indefensas, responsables del resto de mí misma, y mi voluntad contrariada
por no saber a dónde me llevaban, eso sí, los bolsillos, con cremallera, repletos
de promesas. Recuerdo las caras asustadas de otros que iban en globo, sin rumbo
como yo; y la paz de no estar desacompañada.
En otras he conducido hacia dónde yo he querido ir pero por el camino me he encontrado multitud de carteles que me han dicho; “por aquí, no” o “mejor por ese otro lado”. Una sensación de sí, pero no.
En pocas ocasiones, pero en alguna, he llegado a la orilla tras un naufragio. Allí
he sentido el alivio de la tierra firme y la tranquilidad de que nadie me
estaba esperando. Me he incorporado contenta, he gozado del placer de la arena caliente y
me he dejado llevar, a la deriva, por mi voluntad empapada.
No sé cuál de las tres sensaciones prefiero.©
No sé cuál de las tres sensaciones prefiero.©
lunes, 11 de septiembre de 2017
Terapia contra las malas elecciones
Cintia Gorrínez cuidaba
cerdos y nunca había entendido porqué le habían puesto un nombre tan poético.
Solo pudo atar cabos cuando cayó en sus manos un recopilatorio de poemas que la
dejó sin habla. Entonces comprendió que lo de los puercos no encajaba con su
destino. Ella tenía un alma lírica y no un alma granjera.
Expedito Sacromonte era
el mecanógrafo perfecto, limpio, medido en sus palabras y de sonrisa escasa.
Toda aquella facha se diluía los sábados por la noche cuando olvidaba la
pulcritud y el buen gusto y se dedicaba a competir en concursos de
tragaldabas. En esos certámenes Expedito se convertía en el más guarro, en el
que más comida podía comer con las manos y más borracho podía terminar.
Expedito vencía siempre, aunque acabara debajo de la mesa.
Nicanora Botijo era
inspectora de alcantarillas. Cada mañana se enfundaba su mono naranja fosforito
con su linterna en la frente y las botas de caucho, para internarse en los
corredores del interior de su ciudad. A eso de las seis de la tarde se escapaba
por una de las salidas de la cloaca, dejaba su atuendo dentro de una
boca de incendios abandonada y se intentaba colar en la Escuela de Bellas Artes
para presentarse al puesto de modelo al desnudo. Esa era su ilusión aunque no había
forma de que la dejasen avanzar más allá de la puerta por el olor que traía de
su oficina, las galerías que constituían su modo de vida.
Los tres ansiaban algo
que no identificaban y los tres se cruzaron con un anuncio de “Terapia contra
las malas elecciones” al que acudieron con ilusión. Allí aprendieron que un
cambio era posible y que solo había que tener visión, paciencia y sobretodo
trazar un plan. Se hicieron amigos e intercambiaron sus pesares. Fueron
horas de hablar sin orden, de escuchar ilusiones y disparates hasta que el
cuarto alumno de la terapia: Braulio Naftalina, un fontanero que hubiese
querido ser escritor de epitafios, dio una idea.
— ¿Y por qué no fundamos una “agencia de permuta de
trabajos”? Quizás haya un escritor de epitafios que quiera ser fontanero.
— O una poetisa que quiera cuidar cerdos, ¿quién
sabe?
— ¿Creéis que existirá un probador de comidas que
prefiera ser mecanógrafo?
— Lo mío ya me resulta más remoto, ¿una modelo de
artistas que prefiera visitar alcantarillas?
— No lo sabremos si no lo ponemos en marcha, dijo
Braulio.
La empresa empezó a
funcionar recibiendo muchas cartas de gente descontenta que quería cambiar de
ocupación. Lo entretenido era emparejar la oferta con la demanda. Lo
consiguieron, el negocio fue un éxito y todos ellos consiguieron la felicidad
laboral. Lo siguiente fue fundar la agencia de intercambio de parejas, luego de
familias, de viviendas…Solo tocaron fondo cuando intentaron permutar la suerte.
Hasta ahí habían llegado.
©
(Nota: Braulio
Naftalina, sacó la foto)
miércoles, 6 de septiembre de 2017
Celedonio Níspero
Celedonio Níspero despertó con la necesidad de hacer de su
día, un día especial. Lo empezó descendiendo de su cama de dosel por los pies,
desayunando ensaladilla rusa y duchándose vestido. En vez de la barba, se
afeitó las axilas y en vez de camisa se puso un peto tirolés y unas sandalias
cangrejeras. De esta guisa se presentó al mundo que no pareció percibir su
presencia. Se paseó por la calle principal de su pequeña ciudad sin llamar la
atención y es que había varias personas que también habían recurrido al esperpento esa
mañana. La situación le decepcionó un poco así que la descartó y se procuró
otra: se presentaría en la playa como salvavidas voluntario por si algún
salvamento le otorgaba la fama soñada. Tampoco le sirvió; el mar se había
convertido en un plato desde hacía décadas y no se ahogaban ni los de tierra
adentro. Él quería que su día fuera especial y como el atuendo no parecía
ayudar, recurrió a la acción y se paseó en monociclo en calzoncillos; pero solo
provocó lástima. Trabajó como limpiabotas por si su simpatía le dispensaba el
reconocimiento de sus clientes, pero estos se centraban en sus
zapatos y no en la sonrisa ni en la plática de Celedonio. Cansado de tanta intentona,
se recostó en un banco de piedra, de esos con volutas a modo de reposa brazos.
Su sueño era ser rey por un día, salir en el periódico y que la gente
mencionara su nombre “Celedonio” y pensó en cantar. Sí, eso haría, cogería su
acordeón al que acompañaría con su voz en el parque. Pero nadie, ni los viandantes de aquel lugar ajardinado, se
acercaron a escucharle. Cambió de táctica, se vistió con un cuello cervantino y
declamó unos versos de su cosecha que había coleccionado toda su vida, sobre un
cajón de tomates de bola. Aquello pareció interesar a unos pocos y luego a más vecinos, llegó la prensa y la
televisión. Pero, ¿qué había recitado Celedonio para captar por fin la atención
de sus conciudadanos? Simplemente les había narrado historias, compuestas en
los momentos de felicidad máxima que lo habían sido para él y para la gente de
su isla. Se convirtió en el pregonero de las buenas noticias y del orgullo de
su tierra. Aquello sí que le convirtió en un ser especial. La colección de
buenas noticias que atesoraba en una caja de madera de tea de su abuelo, le dio
trabajo y notoriedad para el resto de su vida.©
domingo, 3 de septiembre de 2017
Basilio Natalio Terceto
Basilio Natalio Terceto creía en el amor, aunque no lo había
catado nunca porque lo sentía en un solo sentido: desde su corazón al mundo.
Ansiaba vivir una pasión desmesurada, cometer un dislate por amor y luego,
sufrir por el desamor que, sin duda, remataría la historia. El desprecio de
Casandra Rastrojo, su enamorada imaginaria, era requisito indispensable. Escribía
cartas en papel de serpentina y las lanzaba desde el balcón; aunque nadie, salvo los barrenderos que se enojaban bastante con el despojo de Cabalgata
fuera de fecha, le hacía caso. Basilio quería amar a toda costa y se compró una lira para acompañar
sus versos que recitaba en cualquier parte, pero las damas huían y los
caballeros le invitaban a café para que callara. Basilio pensó en pagar para
poder amar, pero en el precio iba incluido el “ser amado” y como eso no le
valía, le echaban al amanecer de los
lugares en donde ponían precio a aquel amor que él ni buscaba ni quería pagar. Basilio vivía
descorazonado, preso de una maldición que le obligaba a mostrar pasión a
diestra y siniestra, —¿es que
acaso no se puede amar sin ser amado?—
se preguntaba melancólico bajo una platanera. Desesperado acudió a una agencia
de encuentros, se enamoró de todas sus citas y todas le correspondieron por no
ser ni cansino ni ansioso. Se tenía por ser un amante hábil, creía saber dar para no suscitar contrapartida, pero no acertaba. Basilio parecía no tener
remedio. Un día un camarero le recomendó emplearse en el Zoo en donde podría amar
sin tener respuesta, que era su único anhelo. Allí, aunque disfrutó amando a
las bestias, le pisó un elefante, una salamandra le escupió en un ojo, un camello le dio una coz y un tigre acabó
comiéndoselo. Si es que el amor tiene que ir y volver, si no, no vale. ©
martes, 29 de agosto de 2017
Ursuela y Cueta
Ursuela y Cueta lo tenían todo bien organizado en la vida.
Eran dos hermanas devotas de su soltería y su orden de biblioteca. Vestían de
negro, iban dos veces al día a la iglesia y se repartían a los pobres a los que clasificaban según el tipo de auxilio a prestar. Todo lo hacían con orden y buen juicio. Dos señoras útiles en una ciudad
en la que la última palabra respecto al cotilleo, la tenían ellas. Eran el
trono de sabiduría en lo que respecta al conocimiento sobre la vecindad. Ellas
mismas habían fundado el “Observatorio del chisme cotidiano” y eran muy
requeridas para subsanar entuertos, acertar con los regalos y destrozar
reputaciones. Todas las novedades llamaban a su puerta: quienes arribaban al
puerto, quienes se ennoviaban, las ruinas, los fallecimientos, las desgracias y
las despedidas. Toda la ciudad le tenía el respeto que todo buen observatorio
merecía. Sin embargo, de tanto de vivir en la noticia ajena, comenzaron a
olvidarse de ellas mismas hasta el punto que dejaron de vestir de negro y
empezaron a salir y a hacer cosas que no habían experimentado antes como bailar, divertirse
y reírse a carcajadas. Olvidaron su propio domicilio, cambiaron sus nombres a Fiesta
y Perdición y se fueron a vivir bajo una sombrilla en la playa en donde tampoco
habían estado nunca. Desde allí se les abrió el horizonte de un nuevo negocio “Descalabre
su vida y sea feliz” y lo fueron, fueron muy felices. ©
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