domingo, 14 de febrero de 2021

Manual de bolsillo para salir de un hoyo





Sonría aunque no le apetezca

Huya del desaliño, mantener la frivolidad ayuda

Sepa en qué día vive

Duerma todo lo que le venga en gana

Estribillo: de éste salgo seguro

Hable con sus amigos de su hoyo o no, eso da igual, pero hable

Hay más amigos con cuerdas de los que cree

Sonría porque ha salido el sol o porque llueve

Estribillo: de éste salgo seguro

Póngale una fecha a la salida del hoyo

No piense demasiado y decore su hoyo

Si no puede con este hoyo, ignórelo y suba la siguiente montaña


Segunda salida del hoyo.

Lo he vuelto a hacer, he vuelto a salir del hoyo. 

Nada como ser previsora y dejar, de la otra vez, unos muelles tirados dentro.

sábado, 13 de junio de 2020

Testamento vital

Genoveva Pelunveque, mujer con visión a largo plazo, me ha enviado el siguiente testamento vital (que ella llama “Final para una risueña”, que no me sorprende porque se ríe hasta de sí misma) para que lo divulgue por este Blog y así lo puedan leer sus allegados.
“Me llamo como ustedes ya saben, tengo 66 años y sé que moriré a los 96 por las siguientes razones: no me gusta el número 6, (aunque más de una vez me lo he topado de frente), así que le doy la vuelta y lo convierto en 99, que me parecen demasiados, 69 no son suficientes para todo lo que pienso reírme; por eso me quedo en 96 que es un poco al revés y un algo “no me gusta”, que es como la vida es.
Os lo advierto: hasta esa edad pienso quedarme y hasta entonces seguiré escribiendo tontadas, intentando que crezca la albahaca en mi huerto y pintando corazones en la ventana. Ya sé que no es mucho pero creo que a los 96 ya me habré reído lo suficiente. De eso intento que trate la vida”
Firmado en Las Palmas 12 de junio de 2020
Genoveva Pelunveque

sábado, 6 de junio de 2020

Saliendo del encierro (I)

Gertrudis del Tilo se enfrentó por primera vez al código de barras al comerse una galleta. 

Eran las ocho de la mañana y se disponía a escribir sobre las penas ajenas en su ordenador cuando, al verse reflejada en la pantalla, fue testigo del paso de los años: durante la noche le había crecido un acordeón entre nariz y boca. Y lo peor era que ya podía salir a la calle y todo el mundo se percataría de que durante el encierro había envejecido. Era demasiado, no podía hacer una rentré sabiendo lo que todo el mundo pensaría al verla: «¿habéis visto como está de estropeada Gertrudis?» 

Así que pensó y pensó durante seis semanas hasta que dio con la solución: un tapete cubriría el fruncido o lo que era lo mismo un buen bigote taparía el fatídico indicador del calendario. Gertrudis se confeccionó un bigote con raíces de puerro teñidas con tinta de calamar con tal acierto que pasó por mascarilla. Y , sin que esa fuera su intención, su invento tuvo una repercusión mundial y por todas partes aparecieron bigotes que cubrían pliegues y bocas y hacían de mascarillas. 

El corona virus no soportó el olor a puerro y calamar y murió de asco. Gertrudis pasó a ser conocida como “la última heroína” y todo por una galleta. 

En la foto el primer seguidor masculino de Gertrudis con su bigote-mascarilla (Foto de Tretente https://images.app.goo.gl/s1dGAZv5MiEt6GQC7)


Image: tretente • Los bigotes más graciosos (13 fotos)




sábado, 30 de mayo de 2020

Historias desde el encierro (XI)


Cuentan que durante el encierro Astolfo y su hijo, en la buhardilla en la que vivían, subsistieron a base del alpiste que los vecinos echaban  a las palomas desde las ventanas. Lo hacían dejando caer una sábana de madrugada que luego recogían con el alpiste que había quedado dentro. Cuando el miedo empezó a amainar dejaron su ventanuco abierto más tiempo del acostumbrado y las palomas, avispadas, entraron a buscar el alpiste que les habían robado. Como lo hicieron en tropel y sin orden ni concierto a arramblar con cualquier cosa, acabaron picoteando al padre y al hijo en 24 horas de cruzada aviar.

Era alpiste lo que había en el interior.

sábado, 23 de mayo de 2020

Historias desde el encierro (X)

Virgulino Seco, un hombre con la capacidad de anticiparse a las vicisitudes del ser humano, pensó que el siguiente problema de la humanidad iba a ser “de agendas” por toda la gente que querría verse después del encierro y también por las amistades virtuales, nacidas al albor de las redes sociales, que querrían dejar de serlo. Virgulino reivindicaba el modo de vida de sus antepasados hasta el punto que, harto de internet y afín a la “reconstrucción verde”, ideó un sistema de concierto de citas vía palomas mensajeras que alcanzó tanto éxito, que tuvo que dar cabida en su tropa a una bandada de murciélagos para atender la demanda. Sin embargo, a pesar de su carácter vaticinador, Virgulino no supo anticiparse al siguiente problema de la humanidad: palomas que se creyeron murciélagos y quisieron dar miedo y murciélagos con ínfulas de mensajeros de la paz. Virgulino sentó las bases de un nuevo conflicto mundial.


sábado, 16 de mayo de 2020

Historias desde el encierro (IX)

Filomena, ávida lectora del “Requeteinteresante” creía en la existencia de gemelos para todos y cada uno de los habitantes de la tierra. Durante la pandemia después de ojear los álbumes de la familia, decidió que buscaría a los gemelos de sus ascendientes desaparecidos. Filomena, mujer de misiones, dio con todos ellos a través de las redes sociales en sitios tan dispares como Moscú, Baltimore, Valdepeñas, Roquefort y Río de Janeiro y les convenció de que eran familia. Todos ellos, curiosos y dispuestos a cualquier cosa después del encierro mundial, prometieron viajar a su encuentro en Las Palmas de Gran Canaria.
En el día de la reunión Filomena estaba exultante: “había conseguido reunir a toda su parentela de los siglos XX y XXI” y para presumir de gran familia los llevó a todos de paseo. Sus vecinos, atónitos, le pidieron que hiciera lo mismo con sus seres queridos desaparecidos y Filomena, que no era tonta, abrió un despacho de resurrecciones.
Filomena consiguió una sección fija en el “Requeteinteresante” porque sus descendientes continuaron la tradición de encontrarle reemplazo en este amplio mundo nuestro.
Si es que, por mucho que dure el encierro, no estamos solos.

sábado, 9 de mayo de 2020

HIstorias desde el encierro (VIII)

Mariquita Alforzón lo tenía todo para ser feliz desde el primer día de cuarentena porque su modo de vida había sido ese desde siempre; desde que había perdido a su familia en las rebajas víctima de un dos por uno en lavadoras que la sepultó. Por eso Mariquita solo lavaba a mano y todo lo hacía sola.

Su casa estaba perfectamente organizada en torno a ella misma y sus necesidades: tenía una colmena, huerto, dos gallinas, una vaca, una suscripción vitalicia a telebacalao y una impresora 3D.

Con el estado de alarma ya no se sentía rara ni tampoco sola porque había mucha gente como ella en sus casas y encima, todos los días, podía salir al balcón y saludar y disfrutar de la compañía a distancia, que era lo que ella entendía.
Mariquita recordaba haberse sentido parte de algo con más gente una vez: el día del entierro de su familia, nunca más. Por eso cuando se empezó a hablar de desescalada, de fases, de salir a la calle…se hundió en una honda tristeza porque en unas semanas, volvería a ser la única. La última ermitaña del siglo XXI.
Si es que nunca llueve al gusto de todos.